La fresca brisa del
mar al anochecer revoloteaba mi pelo mientras, de fondo, se oía el sonido de
las olas del mar al romper en la orilla. Bajo mi cuerpo sentía el frío de la
arena. Tenía los ojos cerrados, captando cada sensación que me rodeaba. Tenía
mi mano entrelazada a la suya. Sentía su respiración a mi lado, relajada.
Ninguna decía una palabra. Simplemente, disfrutábamos del silencio. Abrí los
ojos y lo primero que vi fue la luna, estaba casi llena, seguramente mañana lo
estaría del todo. La luz que esta desprendía, se reflejaba sobre el mar, negro
y tranquilo.
-Precioso,
¿verdad?- dijo ella.-No es nada
comparado contigo- la respondí, girándome para mirarla a los ojos.Entonces ella se
puso encima mía y posó sus labios sobre los míos. “Te quiero”, me susurró. Un
escalofrío inundó mi cuerpo. “Idem”, respondí mientras la besaba. No sé cuánto tiempo
estuvimos así, quizá fuesen minutos o quizá horas. Nada importaba cuando estaba
con ella. El mundo se paraba. La realidad no existía. Sólo estábamos ella y yo.
No importaba nada más. Sólo importaba que la tenía entre mis abrazos,
protegiéndola, acariciándola, abrazándola, queriéndola. Ella era mía. Y yo era
suya.
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