miércoles, 30 de julio de 2014

Ella era mía. Y yo era suya.

La fresca brisa del mar al anochecer revoloteaba mi pelo mientras, de fondo, se oía el sonido de las olas del mar al romper en la orilla. Bajo mi cuerpo sentía el frío de la arena. Tenía los ojos cerrados, captando cada sensación que me rodeaba. Tenía mi mano entrelazada a la suya. Sentía su respiración a mi lado, relajada. Ninguna decía una palabra. Simplemente, disfrutábamos del silencio. Abrí los ojos y lo primero que vi fue la luna, estaba casi llena, seguramente mañana lo estaría del todo. La luz que esta desprendía, se reflejaba sobre el mar, negro y tranquilo. 
-Precioso, ¿verdad?- dijo ella.-No es nada comparado contigo- la respondí, girándome para mirarla a los ojos.Entonces ella se puso encima mía y posó sus labios sobre los míos. “Te quiero”, me susurró. Un escalofrío inundó mi cuerpo. “Idem”, respondí mientras la besaba. No sé cuánto tiempo estuvimos así, quizá fuesen minutos o quizá horas. Nada importaba cuando estaba con ella. El mundo se paraba. La realidad no existía. Sólo estábamos ella y yo. No importaba nada más. Sólo importaba que la tenía entre mis abrazos, protegiéndola, acariciándola, abrazándola, queriéndola. Ella era mía. Y yo era suya.


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