miércoles, 30 de julio de 2014

Ella era mía. Y yo era suya.

La fresca brisa del mar al anochecer revoloteaba mi pelo mientras, de fondo, se oía el sonido de las olas del mar al romper en la orilla. Bajo mi cuerpo sentía el frío de la arena. Tenía los ojos cerrados, captando cada sensación que me rodeaba. Tenía mi mano entrelazada a la suya. Sentía su respiración a mi lado, relajada. Ninguna decía una palabra. Simplemente, disfrutábamos del silencio. Abrí los ojos y lo primero que vi fue la luna, estaba casi llena, seguramente mañana lo estaría del todo. La luz que esta desprendía, se reflejaba sobre el mar, negro y tranquilo. 
-Precioso, ¿verdad?- dijo ella.-No es nada comparado contigo- la respondí, girándome para mirarla a los ojos.Entonces ella se puso encima mía y posó sus labios sobre los míos. “Te quiero”, me susurró. Un escalofrío inundó mi cuerpo. “Idem”, respondí mientras la besaba. No sé cuánto tiempo estuvimos así, quizá fuesen minutos o quizá horas. Nada importaba cuando estaba con ella. El mundo se paraba. La realidad no existía. Sólo estábamos ella y yo. No importaba nada más. Sólo importaba que la tenía entre mis abrazos, protegiéndola, acariciándola, abrazándola, queriéndola. Ella era mía. Y yo era suya.


Noches de amor y melancolía.

Apoyada en el alfeizar de la ventana, contemplaba la ciudad bajo un cielo completamente estrellado. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero no le importó, se sentía a gusto respirando el aire fresco de aquella noche de otoño. Cogió el paquete de cigarrillos que tenía en la mano y se encendió uno. El humo del tabaco se mezcló con la humedad de la noche, provocando una especie de neblina a su alrededor. Cerró los ojos por un instante, concentrándose en escuchar los sonidos de la ciudad. Distinguió el maullido de un gato, que seguramente buscaba por aquellas calles desiertas algo que comer. Un poco más a lo lejos oyó a una pareja discutir, por lo que parecía ser debido a alguna copa de más. También se escuchaba el sonido de las hojas de los árboles, chocando entre sí debido al viento, una ventana rota, un perro ladrando, unos niños chillando. Pero de repente, le llegó a sus oídos una especie de música. Sí, se oían las notas de una canción de jazz, era como si se fundiese con sus sentimientos, provocándome una mezcla de amor y melancolía.