En el inmenso pozo de la desolación tan solo pervive la
inconsciencia y la agonía crónica, porque allí únicamente puede llegar a
expresarse una reacción mecánica de una vida apagada, vencida prematuramente
por la muerte, de una vida que ha perdido todo ánimo por palpitar y ser feliz.
Aquí en
estas profundidades nada surge, nada puede subir, nada flota, todo se sumerge
y se hunde más y más. El fondo es infinito, y por eso la caída jamás se
termina. Aquí no existen las salidas, porque es éste el mejor de todos los
encierros ya que no es posible escapar de él. A donde quiera que se vaya, allí
se encuentra el abismo, y cuanto más se avanza, más grande es el pozo.
En
este estado de profunda depresión no existen los sueños porque todo es una
pesadilla, tampoco existe ni un mísero impulso porque aquí todo es inercia. No
se oye otra cosa más que ruidos distorsionados, bullicio ensordecedor de
murmullos apagados. Aquí nada alumbra, no existe la iluminación. Sólo hay
entrada de ingreso, pero no de salida, por lo que es muy difícil de emerger.
Allí abajo el espacio es terriblemente reducido, y, sin
embargo, es inmenso. El abismo es la enfermedad en sí y se
incorpora al propio ser como parte de él, por eso es casi imposible vencer al
abismo y evitar caer sin arremeter cruelmente contra el mismísimo ser.



